Se trata de un tema que concierne a la ciencia política aunque se trate de una prohibición que hunde sus raíces en los textos sagrados. ¿Pero qué incidencia tiene esta prohibición en una sociedad que desea la vía democrática? Me interesa hacer una reflexión sobre el tema en relación a la desregulación normativa que en el mundo se propaga impulsada por el proyecto de civilización industrial y que en México adquiere sus propias particularidades como muestra de lo que sucede en el mundo. Lamentablemente se trata de una irremediable descomposición civilizatoria que solo nos anuncia nuevos episodios de una desregulación con consecuencias cada vez peores. Utilice en esta afirmación un concepto de la economía mercantil: la desregulación que afecta la normatividad de las prohibiciones que estorban al proyecto industrial de civilización. Pero me preocupa lo que ocurre con el gobierno del presidente Calderón y lo que desencadena con la guerra contra el narcotráfico. En suma autoriza al ejército a perseguir, detener y matar a los narcotraficantes. El escenario de guerra es ya cualquier parte de la República, donde el ejército mata a sus perseguidos en plena acción, en situaciones confusas, donde mueres civiles inocentes que luego son relacionados con el narco. Por su parte los narcotraficantes desde hace mucho se han dado a sí mismos una ley que los autoriza a matar, torturar, secuestrar, eliminar a la competencia y quienes interfieran, de una manera cada vez más sangrienta El discurso del gobierno justifica los muertos, es una guerra cruenta, nos decían al principio, y ha de haber bajas de ambas partes, y seguirán habiendo víctimas, inevitablemente, y morirán inocentes, lo sabemos, es parte del sacrificio que los ciudadanos habrán de pagar por el ejercicio de esta guerra purificadora. No me he tomado el cuidado de de citar declaraciones numerosas y diversas de distintos funcionarios hablando de la cruenta batalla para afirmar que la vamos ganando y demás. En este torrente revuelto de las circunstancias donde muchos mueren día a día, el permiso para matar dado por el entorno de guerra se extiende a la policía, a los paramilitares, a los secuestradores y las organizaciones violentas, aunque no se hallen bajo el rubro del narco. Los grupos de asaltantes menores, las bandas de adolescentes, las células de traficantes de personas, de armas, los pederastas, los narcomenudistas, los funcionarios con guardias de seguridad a su servicio, los grupos diversos de rivales, encuentran un clima propicio, como si el permiso para matar les diera mayores prerrogativas y posibilidades para recrudecer la violencia, la tortura, el desmembramiento. Se mata a las mujeres, a los niños, a los ancianos, a los adultos, y las organizaciones se matan entre sí. Los escuadrones, los guardias privados, los mercenarios, los sicarios y gatilleros, los conjuntos de la violencia alcanzan a los niños que son incorporados a las filas del crimen y las ejecuciones. La impunidad también se vincula con el levantamiento de la prohibición bíblica del asesinato. Entretanto la guerra que tendría que pelearse en el ámbito financiero del lavado de dinero, el que involucra inversiones, inversionistas, bancos y enormes fortunas, no forma parte del escenario del combate al narcotráfico que tanto preocupa a los Estados Unidos y al gobierno mexicano. ¿No les parece que hay algo extraño en esto? ¿Qué no es simple incompetencia y estupidez? La manera en que lo entendemos algunas personas es que se trata de un cálculo político para utilizar la violencia con el objetivo de obtener beneficios. En el corto plazo ha ayudado a Calderón a legitimarse, a sostener un discurso y una apariencia de fortaleza intimidante, pero no solamente del PAN y el grupo gobernante, sino de aquellos a quienes representa y que no se manifiestan contra la guerra. Aunque esto ha terminado por perjudicar al PAN y al propio Calderón, ya el señor Moreira del PRI anunció que si ganan la presidencia los priistas continuarán la guerra, pues no es momento de regresar a las tropas a sus cuarteles. Es una pésima noticia. Se sigue sobre la misma línea de gobernar administrando el terror creado por el poder. Lo imprescindible sería restituir la prohibición de matar, de regresar las tropas a los cuarteles, como un principio civilizatorio fundamental, en el corto plazo, en el ámbito doméstico de lo que ocurre en México, para diferenciar a los narcos y los delincuentes de las fuerzas armadas del gobierno, y del resto de la sociedad, pero esa decisión parece que no les interesa porque encuentran beneficios en mantener la ‘‘lucha contra el narco’’, supuestamente preocupados por nuestra seguridad cuando en realidad han generado más daños que los propios narcotraficantes.
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